E. Flores Clair
Dirección de Estudios Históricos. INAH
México 14000 D. F.
elgambusino@gmail.com
De Re Metallica: Agrícola vs Vargas. Historia de dos libros de la globalización minera.
RESUMEN
Los libros forman parte de nuestro patrimonio cultural; estos recipientes recogen las experiencias acumuladas de las actividades humanas. Son vehículos de la trasmisión de los saberes e instrumentos pedagógicos que enseñan las técnicas de diversas artes. De sus páginas surgen las reflexiones del conocimiento y en el caso que nos ocupa, se desprenden las preguntas: ¿cuál fue la importancia de dos libros que tenían el mismo nombre, hasta dónde se asemejan sus contenidos y en qué medida fueron conocidos por un amplio público en diversas regiones del mundo?
PALABRAS CLAVE: Chemnitz, ciencia, mineralogía, minería, tecnología.
SUMMARY
Books are part of our cultural heritage; these vessels collect the accumulated experiences of human activities. They are vehicles for transmitting knowledge and pedagogical instruments that teach the techniques of various arts. From their pages emerge reflections on knowledge, and in this case, the questions arise: What was the significance of two books with the same name? How similar are their contents? And to what extent were they known to a wide audience in various regions of the world?
KEY WORDS: Chemnitz, mineralogy, mining, science, technology.
INTRODUCCIÓN
Los libros permiten apropiarse de los saberes, prácticas, costumbres e ideas de un período histórico. El estudio del libro ha seguido diversas rutas, pero quizá la más común es aquella relacionada con la creación del manuscrito, el trabajo de edición, la comercialización y, sobre todo, la recepción de los textos por el público. A este proceso, Robert Darnton lo ha denominado “circuito de comunicación” (Griffin, C. 2010).
Siguiendo el circuito de comunicación, intento reconstruir la historia de dos libros que, en forma extraña, tienen el mismo nombre: De re metallica. El primero apareció en 1556, en Basilea y está firmado por Jorge Agrícola (Agrícola. G. 1556). El segundo salió a la luz pública en Madrid en la Casa de Pierres Cosin, en 1569, de Bernardo Pérez de Vargas (Pérez Vargas, B. 1569). Ambos libros están dedicados a la minería. El primero es considerado el libro más importante sobre la materia y ha mantenido su vigencia por varios siglos; el segundo es un tanto desconocido.
Por ello planteamos algunas preguntas para guiar el texto: ¿Quiénes eran los autores? ¿Qué escribieron Agrícola y Pérez de Vargas? ¿Qué importancia tuvo De re metallica en el ámbito global de la minería?
La historia de los textos científicos alcanza un recorrido similar al desarrollo de la imprenta. Los talleres de impresión en las ciudades europeas cobraron cada día mayor importancia; las prensas alemanas e italianas difundieron libros por todo el continente. Siguiendo a Jon Arrizabalaga, los “libros científicos” de los siglos XV y XVI resultan ser un concepto “anacrónico”.
No obstante, queremos distinguir este género de escritura porque está directamente relacionado con el conjunto de disciplinas impartidas en las facultades de artes, aunque cabe advertir que otros autores mantenían vínculos universitarios débiles y su formación era producto de sus actividades artesanales o autodidactas (Arrizabalaga, J. 2002). Pero queremos señalar que, a pesar de una serie de dificultades, ideológicas e institucionales entre otras muchas, los escritos científicos intentaron llegar a un público cada vez más amplio.
LOS HOMBRES DE CIENCIA
Aquellos hombres de letras dedicados a las artes como las matemáticas, astronomía, filosofía, medicina, agricultura y en especial a la minería-metalurgia, tenían un papel destacado en la sociedad. Como afirma Mircea Eliade: “el minero y el metalúrgico intervienen en el proceso de embriología subterránea, precipitan el ritmo de crecimiento de los minerales, colaboran con la naturaleza [y] la ayudan a parir pronto” (Eliade, M. 1983).
A partir del siglo XVI, los saberes de las ciencias de la tierra se pondrán en boga, no sólo por el amplio desarrollo minero en los países centro europeos, sino por el descubrimiento del nuevo mundo. Los minerales americanos suscitarán un impulso excepcional en la difusión de las técnicas mineras. En este contexto es donde aparecen De re metallica, de Agrícola y de Pérez de Vargas.
Georg Bauer, quien latinizó su nombre y hoy es mejor conocido como Jorge Agrícola, nació en Glauchan de Sajonia. Por fortuna, sus cuantiosos biógrafos construyeron un perfil completo de este personaje del Renacimiento. Al respecto, el profesor Hans Prescher escribió que Agrícola fue educado y capaz de expresarse con claridad en las lenguas clásicas, dotado de un entendimiento claro y poder agudo de observación, y agregó que “ha sido conocido desde hace unos doscientos años como el padre de la mineralogía” (Prescher, H. 1994).
Estudió en la Universidad de Leipzig y, después de graduarse, se incorporó como maestro de escuela básica; su preparación continuó en Bolonia y Venecia y más tarde se graduó de médico. Pasó unos años en Italia, considerada en ese tiempo la tierra de la ciencia y el arte. En 1526 se instaló en Chemnitz, donde contrajo matrimonio con Anna Arnold. En seguida aceptó el cargo de médico en San Joachimsthal, y por el contacto con los operarios mineros tuvo la oportunidad de compilar la experiencia y técnicas que fueron plasmadas en varios libros; aunque su principal interés fue encontrar alivio de las enfermedades que padecían los mineros (Parés y Franqués, J. 1785). Resta decir que esta estancia fue fundamental para escribir De re metallica.
En cambio, los datos que se conservan sobre Bernardo Pérez de Vargas son sucintos e impiden reconstruir una gran parte de su vida. Se desconoce el año en que nació, pero por datos que él mismo proporcionó, se sabe que era natural de Madrid; después, la familia se mudó a la Villa de Coín, cerca de Málaga. Su padre fue Bernardo Pérez de Vargas y su madre Guiomar de Cárdenas (Álvarez y Baena, J. A. 1789).
A lo largo del siglo XIX, la historiografía española intentó situar al autor en justa relevancia. Por ejemplo, Clemente G. de Aramburu reconoció los aportes de Pérez de Vargas y lo distingue con el título de “químico del siglo XVI” (Aramburu, C.G. 1888). Por su parte, los ingenieros Eugenio Maffei y Ramón Rua Figueroa, en su valiosa Bibliografía mineral, hispanoamericana, proporcionan otros datos de interés: afirmaron que era de “distinguida cuna y elevada posición” y subrayan que fue el primer autor que escribió una obra en castellano sobre “el arte de los metales” (Maffei, E. y Rua Figueroa, R. 1871).
En un trabajo más reciente, Manuel Bermúdez Méndez realizó un considerable esfuerzo con el fin de aclarar los escasos datos biográficos de Pérez de Vargas. Escribió que había nacido en el primer cuarto del siglo XVI en Esquivias; la familia sirvió a Don Diego López Pacheco, titular del ducado de Escalona y del Marquesado de Villena, razón por la cual se asentaron en Coín.
A pesar de las imprecisiones que existen en su parentesco, Manuel Bermúdez afirmó que “el escritor se casó con Doña Marina de Guevara, hija de Gonzalo Sánchez de Vadillo, vecino de Ciudad Real”, pero por desgracia se desconoce la fecha del matrimonio (Bermúdez Méndez, M. 2006). Este último dato permite especular que en dicha ciudad nació el interés por acercarse a la metalurgia, debido a la extracción de azogue en las ricas minas de Almadén (Dobado González, R. 1989).ook
AUTORES
Por sus investigaciones en la biblioteca del Escorial, Juan Manuel Sánchez Ron asegura que “Felipe II poseía por lo menos doscientos libros de «magia» (herméticos, astrológicos y cabalísticos)”. Agregó que, en 1785, resultó indispensable nombrar a un “censor especial” para ahuyentar a la Inquisición (Sánchez Ron, J.M. 1993).
El historiador Charles Webster consideró que la magia y la ciencia estaban entremezcladas y aseguró que el ascenso de la ciencia estuvo asociado con la declinación de “la magia tal como se la consideraba en la sociedad occidental en los siglos XVI y XVII”. Y añade que “nadie duda que en el ámbito de la aldea y en el popular, la magia iba a conservar su lugar tradicional mucho más allá del siglo XVII” (Webster, Ch. 1988). Es de vital importancia tener en cuenta esta premisa cuando se analiza a los autores del siglo XVI, con el fin de evitar anacronismos, culparlos por carecer de ciencia o de ideas disparatadas.
La trayectoria de Agrícola como escritor fue notable. De re metallica es considerada la obra cumbre, resultado de un largo proceso de reflexión e investigación. Cabe señalar que su obra comprende una serie de temas como la religión, la política, la historia, la salud, los fenómenos naturales, entre otros; pero a pesar de que su escritura es vasta, es reconocido, sólo, por sus aportes mineralógicos (Weber, L. W. 2002). No obstante, a partir de 1530 y hasta 1856, Agrícola es reconocido por una decena de obras relacionadas con distintas facetas de la minería: la clasificación geológica, piedra filosofal, fósiles, pesos y medidas, la historia de minas “viejas y nuevas” y el sugerente ensayo sobre animales subterráneos.
A este respecto, Aldrich, Leviton y Sears afirman que el trabajo de Agrícola rompe con los bestiarios medievales en los principios básicos. Por una parte, casi siempre se trató de manuscritos que tenían lectores limitados, eran alegorías religiosas, estaban profusamente bien ilustradas y por lo regular las enciclopedias se organizaban en forma alfabética. Sin romper con ese mundo mágico, Agrícola parafrasea las obras anteriores y siembra la duda en los lectores; clasificó a los animales por los que vivían de día o de noche, bajo tierra, en los huecos de los árboles, aquellos que se ocultan parte del año o dependían del clima anual y los que siempre existían bajo la superficie. En relación con los demonios del subsuelo, se lo atribuyó a los teólogos sin agregar comentario. Su aporte fue considerado el inicio de “la historia natural moderna” (Aldrich, M. et al. 2009).
Pero a pesar de ello, se sabe que Agrícola no escapó a su tiempo y pensaba igual que muchos de sus contemporáneos. En este sentido, contribuyó a las leyendas de los demonios que habitaban en el subsuelo, aquellos seres poderosos que con un soplido podían derrumbar a una docena de trabajadores, o los espíritus nobles que en la oscuridad de las minas les jugaban bromas a los operarios para asustarlos (Höfer M. F. 1842).
En el caso de Pérez de Vargas la publicación del libro De re metallica siguió una ruta distinta. De hecho, Vargas era un hombre erudito y formado de manera autodidacta, calificado por el orden de sus obras más conocidas y destacadas como: literato, alquimista y astrónomo. Al parecer su carrera inició en 1545, cuando publicó la novela de caballería Los cuatro libros del valeroso caballero Don Cirongilio de Tracia, un libro de aventuras de un príncipe heroico, cristiano, que emprende la guerra contra todos los infieles, que se enamora de la princesa más bella del mundo y desafía los mayores peligros frente a los salvajes antropófagos, los gigantes y animales monstruosos.
Por ejemplo, escribió que “vieron abrirse la tierra de repente y salir una serpiente fiera, tan desmesurada y cruel que no hubo en alguno de ellos tal esfuerzo que de solamente la vista no cayeran en tierra como muertos, [más adelante agrega que], la serpiente cuando estuvo cerca se paró y abriendo una boca descomunal, salió por ella una mujer [con el pelo como crines de caballo], vieja y arrugada” (Vargas, B. 1545). A pesar de que Cervantes lo menciona en El Quijote, el libro de Vargas no alcanzó el reconocimiento.
Javier González, estudioso de la novela, dice que “existe cierta hinchazón, la imaginería hiperbólica, la reiteración afuncional, el solecismo y la ganga retórica, pero junto a ellos existe la destreza en el manejo de los símbolos tradicionales, el humorismo feliz de algunos episodios” (González, J. R. 2004). Con el fin de responder a las críticas que ha recibido la novela de caballería y para ponerla en su justo término, José Manuel Lucía rescata sus méritos y señala que “constituye el género de ficción más complejo, por su geografía, por su cronología, por sus diferentes registros y múltiples influencias, de las letras castellanas” (Lucía Megías, J. M. 2001).
Si en la magia y encantamiento a Vargas no le fue muy bien con los críticos, como astrólogo y astrónomo mejoró: La Fábrica del Universo se publicó en 1560. Cabe advertir que hasta ahora continúa una polémica, debido a que el autor escribió que la obra estaba constituida por dos partes, pero solo fue publicada la segunda. Se tiene la hipótesis de que la primera quedó inédita, pero también es posible que nunca llegó a escribirse. A grandes líneas, el libro, editado en la ciudad de Toledo en la Casa de Juan de Ayala, dividido en siete partes, está dedicado a la historia del tiempo. Para ello, abordó las medidas del tiempo, la edad del mundo y la duración de la vida, los astros, la astrología, los vientos, eclipses entre otros temas.
Vargas se dirigió al “candidísimo” lector al que le dice: “me pareció cosa justa, decente y honesta tratar en este proemio algunas cosas y materias particulares para que más advertido puedas entrar a recrearte entre las flores: y coger de las frutas de este jardín”. Aparte de considerarla como una rareza bibliográfica, Manuel Bermúdez ha escrito que, en esta obra, Vargas muestra un interés radicalmente diferente, manifiesta una curiosidad científica, intenta desentrañar las leyes naturales y sobre todo pone al hombre como centro de la explicación. Adiciona la idea de que esta publicación, a pesar de discurrir sobre la astrología judiciaria, estuvo exenta de la persecución de la Santa Inquisición y sugiere que había un público renacentista interesado en este tipo de publicaciones, incluyendo al propio rey, Felipe II (Bermúdez Méndez, M. 2006).

Figura 1. Portada de libro Agricola. G, De Re Metallica, libri XII, Basiilea, Cum Privilegio Imperatoris in annos v. & Galliarum Regis ad fexennim 1657.

Figura 2. Zanja de exploración, Libro II, p. 28, Agrícola. G, De Re Metallica, libri XII, Basiilea, Cum Privilegio Imperatoris in annos v. & Galliarum Regis ad fexennim 1657.

Figura 3. Dirección de la veta, Libro III, p. 40, Agricola. G, De Re Metallica, libri XII, Basiilea, Cum Privilegio Imperatoris in annos v. & Galliarum Regis ad fexennim 1657.

Figura 4. Rica veta cortada profundamente, Libro III, p. 48, Agricola. G, De Re Metallica, libri XII, Basiilea, Cum Privilegio Imperatoris in annos v. & Galliarum Regis ad fexennim 1657.

Figura 5. Malacates verticales y túneles subterráneos excavados, Libro V, p. 72, Agricola. G, De Re Metallica, libri XII, Basiilea, Cum Privilegio Imperatoris in annos v. & Galliarum Regis ad fexennim 1657.

Figura 6. Ollas con picos y tapas, Libro XX, p. 466, Agricola. G, De Re Metallica, libri XII, Basiilea, Cum Privilegio Imperatoris in annos v. & Galliarum Regis ad fexennim 1657.
ARTE DE SABER
De manera trágica a Agrícola no le alcanzó la vida para ver publicada su obra extraordinaria y murió en 1555. El manuscrito lo concluyó con anticipación, pero tuvo la oportunidad de conocer los 294 magníficos grabados, realizados por Basilius Weffring con ayuda de los grabadores Manuel Deitsch y Zacarias Specklin. En esta tarea se invirtieron tres años. Las imágenes son notables y hasta hoy son admiradas por sus virtudes: perfección, realismo, armonía, belleza entre otras. La serie de grabados constituye un discurso visual de manera paralela, comunica de manera precisa el proceso productivo minero, son una herramienta valiosa que ayuda a entender las etapas del trabajo y responde a un carácter pedagógico. Agrícola tenía interés especial en los dibujos, con el fin de que sus palabras fueran entendidas de manera exacta y así lo dejó escrito en el prefacio de la obra.
De re metallica fue publicado en Basilea, escrito en latín y el manuscrito fue dividió en 12 libros. Desde su aparición recibió excelente aceptación, en forma inmediata se tradujo a varios idiomas, principalmente fue destinado a los lugares donde existía una tradición minera, como Alemania e Italia. Según Hans Prescher, hasta 1990, se sumaban 33 ediciones en once idiomas (Prescher, H. 1994). De manera sorprende, Pan Jixig, quien ha realizado un estudio exhaustivo sobre De re metallica en China afirma que, a principios del siglo XVII, el jesuita Nicolás Trigault inició la recopilación de libros e instrumentos científicos con el fin de formar una biblioteca occidental en Pekín. Hacia 1621, el libro de Agrícola llegó a oriente y el emperador Ch’ung- Chen, de inmediato, ordenó su traducción y distribución para apoyar la explotación de las minas. Hacia 1644, la derrota de la dinastía Ming interrumpió la difusión de la obra. Sin embargo, desde entonces, las artes mineras de china estuvieron influenciadas por las enseñanzas de De re metallica (Jixing, P. 1991).
Muchos años después, la versión en inglés causó enorme expectación en el ámbito científico. En 1912, el matrimonio Herbert Clark Hoover y Lou Henry Hoover, después de trabajar cinco años, entregó un texto a la imprenta Magazine, Salisbury House de Londres, con el fin de realizar una edición privada. La labor de traducción fue titánica, para comprender en su justo término las palabras técnicas mineras del latín; pero gracias a su formación de ingenieros mineros, geólogos y latinistas lograron superar los obstáculos. Cabe añadir que, en 1929, Herbert Clark Hoover se convirtió en el trigésimo primer presidente de los Estados Unidos. En la introducción de su traducción, los Hoover resaltan el valor de la obra escribiendo que “el escrito revela un exhaustivo conocimiento de una gama extraordinaria de la literatura clásica, pero a la vez arroja luz sobre un sinnúmero de manuscritos oscuros enterrados en las bibliotecas públicas europeas”.
Aunque parezca extraordinario y polémico, el imperio español jamás tuvo interés en traducir y publicar De re metallica, a pesar de que era imprescindible difundirla en los territorios mineros de España y América. Sin embargo, Carlos IV, con una mentalidad ilustrada, en 1792, ordenó difundir la obra de Abraham Werner, Nueva teoría de la formación de vetas. Con su aplicación al arte del trabajo de las Minas (Archivo General de Indias, Indiferente, 1792). Werner tuvo el mérito de elaborar la teoría de la geognosia o conocimiento de la tierra como se le llamaba en aquella época. Sus postulados fueron nombrados como «neptunismos», por considerar que el origen de la tierra se debía a que la totalidad del globo estaba cubierta por un enorme océano y paulatinamente se había secado. Dicha teoría tuvo una enorme influencia en las minas americanas a través de la obra de Andrés del Río, Elementos de origtognosia o del conocimiento de los fósiles (Río, A. 1995).
En este apretado recorrido, descubrimos que en 1972 fue publicado De re metallica en España, dentro del proyecto dirigido por Agustín Fernández Merino, químicometalurgista, de la Universidad Complutense de Madrid. El ejemplar utilizado fue el de la Real Biblioteca del Escorial. Carmen Andreu Peón se dio a la tarea de traducir la obra del latín y Juan Carlos Paredes fue el encargado de su revisión; el texto fue acompañó de 50 grabados y fue editado por La Unión de Explosivos de Rio Tinto, con un tiraje de 999 ejemplares. Y por fortuna se reeditó 20 años después en 1992 (Agrícola, G. 1992).
La obra de Pérez de Vargas se mantuvo a la sombra académica y mercantil; como se mencionó, sólo existió la primera edición de 1569 y las ilustraciones eran pobres. A este respecto los especialistas, Patricia Zulueta y Mariano Olcese escribieron que eran “grabados a fibra con un cierto carácter pueril, sin tratamiento de fondo alguno, por lo que parecen bocetos rápidos explicativos de lo comentado en el texto” (Zulueta Pérez. P y Olcese Segarra, M. 2012). Con el paso del tiempo, Pérez de Vargas conseguirá un mejor reconocimiento. En 1743, apareció una segunda edición, la cual fue traducida al francés, por Gaspard Gautier. El título fue ligeramente modificado y se le nombró Tratado singular metalúrgico, contiene varios secretos sobre conocimientos de todo tipo de metales y minerales, la manera de sacarlos de las minas e intentar beneficiarlos, en la ciudad de París y por la casa editora Prault.
En 1839, De re metallica fue parcialmente editada en La Memoria del Ateneo Científico y Literario de Madrid. Se incluyeron seis capítulos y el objetivo fue dar a conocer las enseñanzas de este libro en la región minera de Sierra Nevada (El Correo Nacional de Madrid, 31, enero de 1841). Tiempo después, en 1888, Clemente G. Aramburu en su ensayo Reseña histórica de los estudios sobre la química recomendó el tratado de De re metallica, porque estudiaba y describía las propiedades del “peróxido de manganeso” (Aramburo, C. G. 1888). En 2008, El Consejo Superior de Colegios de Ingenieros de Minas le rindió un merecido homenaje a Pérez de Vargas y reeditó De re metallica, por ser una “auténtica joya”. En el recuento de los catálogos de las principales bibliotecas europeas y americanas solo se localizaron once ejemplares; por esta razón, los “raros” ejemplares que escaparon al olvido, son apreciados por los bibliógrafos (Martínez Arévalo, P. 2008).
La edición cuenta con un estudio introductorio, donde el Dr. ingeniero en minas, Enrique de Miguel Fernández, realizó un recuento del contexto histórico en el que fue escrita la obra de Pérez de Vargas (Fernández, E. 2008). Por su parte, Manuel Bermúdez Menéndez escribió una semblanza del autor donde se rescatan escasos datos de la vida del científico y se agregaron comentarios de los otros libros publicados. Se podría considerar a Pérez de Vargas, según Bermúdez, “como una persona con gran curiosidad por los saberes de la época” (Bermúdez Menéndez, M. 2008). Finalmente, José Carrasco Galán, Dr. ingeniero en minas, contribuyó con la presentación de aspectos editoriales de la obra, el modo en que estaba dividida, hace una breve reseña de cada uno de los nueve libros en que fue presentada y el valor académico que otros autores le han atribuido; incluso polemiza con las críticas del científico Ferdinand Höefer. Pero a pesar de ellas, insistió en que “no puede negarse a Pérez de Vargas la gloria del ser el primero que ha escrito en castellano una obra exclusivamente dedicada al arte los metales” (Carrasco Galán, J. 2008).
LA INDAGACIÓN
Como si fuera poco el olvido y menosprecio a la obra de Pérez de Vargas, en 1842-1843, apareció la Historia de la química de Ferdinand Höfer, médico, lexicógrafo y escritor germano francés. Este trabajo hace un largo recorrido desde la más remota antigüedad hasta mediados del siglo XIX, en que se analiza a los autores y las obras dedicadas a la química. En esta clasificación, Höfer incorporó en la “Química Metalúrgica” a: Agrícola, Vanoccio Biringuccio, Andrea Cesalpino, y Pérez de Vargas. Asimismo, hace una mención general de los metalurgistas europeos y una reseña de la metalurgia de México y el Perú (Höfer, M. F, 1842).
Höfer criticó el trabajo de Pérez de Vargas; en primer lugar, señaló que reprodujo el modelo de Agrícola, se inclinaba a las teorías alquimistas y mantenía la idea errónea sobre “lo húmedo y lo seco” de los metales. Pero sobre todo escribió que “es fácil percibir que Vargas copia a veces textualmente a Agrícola y a Biringuccio sin citarlos”. La comparación del “modelo”, si entendemos por ello la estructura de la obra, nos da como resultado una exposición distinta, donde se revela no solo la diferencia entre las concepciones de Agrícola como “humanista” y de Pérez de Vargas como “alquimista”; de hecho, estudian problemas comunes, pero plantean soluciones disímiles.
En el caso de Agrícola, la exposición de cada uno de los capítulos se apega al proceso de trabajo: localización de las minas, las inversiones de los propietarios, la diferencia de las vetas, la arquitectura subterránea, la participación de las autoridades para regular el trabajo, las excavaciones en las minas, las herramientas y máquinas utilizadas por los operarios, la extracción y preparación de los minerales, los métodos de fundición, la separación de los metales y la producción de minerales no ferrosos.
Por su parte, Pérez de Vargas pensaba que los minerales se engendran en el subsuelo y explica la forma en que llegan a cuajarse, las propiedades de los minerales como la maleabilidad y “la obediencia” que tienen frente al martillo, las cualidades de los metales preciosos como el oro y plata, las sustancias utilizadas para abrazar y separar a los minerales, la molienda, el tostado y el cocimiento de los minerales, el tipo de horno de la fundición y sobre todo los secretos de los maestros alquímicos, así como de los doradores, latoneros y entre otros más.

Figura 7. Portada del libro, Pérez Vargas, B. De re metallica, Madrid, Pierres Cosin, 1569.
Respecto a las referencias, en realidad, Pérez de Vargas jamás citó el libro de Vanoccio Biringuccio. Por su parte, Agrícola reconoce en la introducción el valor e importancia del trabajo del italiano, lo considera “un hombre sabio y experimentado en muchos asuntos”. Sin embargo, tampoco aparecen citas en el cuerpo del texto De re metallica. En cambio, Pérez de Vargas citó en tres ocasiones a Agrícola.
La primera es relativa a la forma en que el oro se engendra en la arena de los ríos. En este sentido polemiza con Agrícola, basándose en las teorías del alquimista Alberto Magno, que debía aceptar que el oro se engendra y se halla en los ríos, “de cualquier parte que corran y nazcan” (Pérez Vargas, B. 1569, Libro III, capitulo II, p. 32). En la segunda ocasión, Pérez de Vargas se apoyó en Agrícola para hablar sobre la antigüedad de las minas de Europa central; existían vetas que se habían trabajado entre cuatrocientos y ochocientos años. Sin embargo, reforzando su nacionalismo, reclamó que pasara por alto las minas de Celtiberia, Cartago y Guadalcanal, las cuales con toda seguridad eran más antiguas (Pérez Vargas, B. 1569, Libro V, capitulo II, p. 54).
La última mención es sobre una máquina que describe Agrícola, la cual “muele, lava, purifica e incorpora el oro como el azogue, que otra cosa no falta que si no refinarlo”. Es decir, una máquina tan increíble y perfecta que, para evadir la explicación, Pérez de Vargas prefiere remitir a los lectores al “libro octavo de Re metallica” (Pérez Vargas, B. 1569, Libro VI, capitulo III, p.78). Siguiendo la comparación de ambas obras, es posible encontrar fragmentos similares. Por ejemplo, Agrícola expone en la introducción sobre las virtudes que deben poseer los hombres dedicados a la minería, quienes deben estar alejados de la suerte y ser instruidos en una amplia gama de artes.

Figura 8. Destilación por baño María, en Pérez Vargas, B. De re metallica, Madrid, Pierres Cosin, 1569, Libro octavo, p. 181.

Figura 9. Destilación molde de madera, en Pérez Vargas, B. De re metallica, Madrid, Pierres Cosin, 1569, Libro octavo, p. 183.

Figura 10. Destilación agua viva, aguardiente y destila vino, en Pérez Vargas, B. De re metallica, Madrid, Pierres Cosin, 1569, Libro octavo, p. 184.

Figura 11. Destilación de aceite, en Pérez Vargas, B. De re metallica, Madrid, Pierres Cosin, 1569, Libro octavo, p. 189.

Figura 12. Horno y alambique, en Pérez Vargas, B. De re metallica, Madrid, Pierres Cosin, 1568, Libro octavo, p. 190.
Esta misma idea la retoma Pérez de Vargas y escribió que el hombre de las minas debe ser “sabio y experimentado” en diversas artes; explicó que debían ser un filósofo con el conocimiento de la naturaleza, médico para prevenir enfermedades de los trabajadores, astrónomo para saber la colocación de las estrellas y, por lo tanto, la dirección de las vetas, geómetra para entender los límites de las vetas y decidir los rumbos subterráneos, aritmético para contar y calcular los gastos de las minas para determinar la conveniencia para continuar o suspender las labores. Y, finalmente, pintor, para bosquejar, diseñar y construir las máquinas (Pérez Vargas, B. 1569, Libro V, capítulo I, p. 51). Ambos concluyen que la profesión de minero representaba una enorme dificultad por la sabiduría que se debía poseer con el fin de obtener los metales preciosos.
Pérez de Vargas retoma frases de Agrícola, pero su libro De re metallica está lejos de ser un vulgar ejercicio de copiar y pegar; rescata algunas narraciones de la historia de la minería, que de otra manera se hubieran perdido, como seguramente sucedió con muchas de las técnicas. Nos referimos principalmente a los capítulos dedicados a los secretos de los maestros que labraban cobre, estaño, hierro, doradores y plateadores entre otros. Fue un reclamo común el que, en los conocimientos de esos oficios, los maestros fueran tan celosos y preferían llevarse sus experiencias a la tumba, antes que revelar sus entresijos y mucho menos trasmitirlas a las nuevas generaciones. Por ello, Pérez de Vargas les pedía a los “maestros astutos no pueden ser tiranos de sus secretos” (Pérez Vargas, B. 1569, Libro VIII, capítulo I, p. 148).
Uno de los principales propósitos del español al escribir el libro fue revelar los misterios del oficio de minero y difundirlos entre los hombres dedicados a diversas artes; en cierto sentido es posible que lo haya logrado. Un segundo propósito fue que España dejara de depender de los “maestros extranjeros” que contara con las herramientas suficientes para resolver los problemas de la explotación de las minas. Pero el tiempo demostró que la dependencia se acrecentó por más esfuerzos que se realizaron.
NUEVO MUNDO
El descubrimiento de las minas americanas cambió la historia mundial por la formidable abundancia de metales preciosos que inundó los mercados europeos. Dicha avalancha provocó un incremento descomunal en los precios de todas las mercancías. La revolución en los precios causó una inflación desmedida entre el siglo XVI y XVII. Según Hamilton, dicho fenómeno económico se debió a que “todo el tesoro que entró legalmente en Europa […] pasó por España. Ninguna otra potencia colonizadora había encontrado por entonces minas de oro y plata de importancia, y el comercio con las colonias españolas estaba celosamente restringido a los súbditos de la madre patria [Sin embargo] lo que realmente afectó la vida económica de Europa fueron las importaciones de estos metales, no su producción” (Earl J. Hamilton, 1975).
Es por esta razón que la explotación de las vetas americanas demandó una gran cantidad de conocimientos para perfeccionar las técnicas empleadas en las faenas del proceso productivo. En esta transformación mundial, los libros De Re Metallica encontraron nuevos lectores entre los distintos sectores sociales y en diversas regiones americanas productoras de metales preciosos.
¿Dónde encontrar los libros de Jorge Agrícola y Bernardo Pérez de Vargas? Después de una ardua búsqueda por los fondos bibliográficos antiguos tuvimos la fortuna de encontrar a ambos en distintos acervos (existen referencias de ambos libros en distintos manuscritos, pero en este trabajo solo nos limitaremos a los textos publicados). Del libro de Agrícola se localizan dos ejemplares en el fondo de origen de la Biblioteca Ingeniero Antonio M. Anza, del Palacio de Minería; dichos ejemplares corresponden a las ediciones de 1556 y 1657, ambos publicados en Basilea.
El segundo ejemplar ofrece una valiosa pista de su lector, incluye el exlibris de Carlos de Sigüenza y Góngora (1676). Sobra decir la importancia de este célebre letrado colonial (Fernández, C. B. 2004); es posible que el afamado autor tuviera en sus manos el libro de Agrícola, antes de publicar una de sus trascendentales obras como fue la Libra astronómica y filosófica (Sigüenza y Góngora, C. 1984). Esta situación contrasta con el único ejemplar que existe en México de la obra de Pérez de Vargas, que se encuentra en la Biblioteca Daniel Cosío Villegas, de El Colegio de México. Y desconocemos el largo camino que recorrió hasta llegar a dicho acervo. Cabe añadir sobre los potenciales lectores interesados en De re metallica, que aumentaron después de 1792, entre profesores y alumnos una vez que se fundó el Real Seminario de Minería en Nueva España.
Los resultados fueron alentadores cuando se analizan las obras dedicadas a la metalurgia en la época colonial. En este sentido tenemos que, en 1640, se publicó Arte de los metales en que se enseña el verdadero beneficio de los de oro y plata por azogue, de Álvaro Alonso Barba (Salazar-Soler, C. 2001), un sacerdote andaluz que recopiló las técnicas del trabajo minero en el insólito cerro del Potosí, del alto Perú. Desde su publicación se convirtió en una obra de enorme relevancia, tanto por su divulgación en distintos idiomas, como por sus reediciones (Calvo Rebollar, M. 1999).
La obra se organiza de manera similar a la de Agrícola, cumple con el propósito de ser didáctica, recoge en buena medida de viva voz la experiencia de los operarios del metal en sus distintas fases y los testimonios fueron articulados con los conocimientos mineros alcanzados en Occidente. Barba se apoyó en Agrícola para tratar los asuntos relacionados con la localización de vetas, la pulverización de los minerales hasta igualar a “la harina de trigo”, la recomendación de lavar los metales antes de fundirlos y el utilizar “cal viva” como fundente para el hierro. Refiriéndose a la minería como una actividad azarosa, Barba cuenta una anécdota de Agrícola, en la que narra un hecho casual: un caballo tropezó y la pezuña dejó al descubierto la cresta de una “abundantísima mina” en la región de Gorlar, en Sajonia (Barba, Á. A. 1640).
Años después, en 1761, Francisco Xavier Gamboa, destacado abogado criollo con una larga trayectoria como funcionario real y un experto minero (Méndez Pérez, J. R, 2012), publicó su obra conocida como los Comentarios a las Ordenanzas de Minas, con el fin de impulsar un nuevo código minero que compilara la legislación dispersa y perfeccionara el sistema de justicia. Gamboa se convirtió en el autor que encontró mayor respaldo de sus ideas en el libro de Agrícola: lo cita hasta en 30 ocasiones, le reconoce el mérito de vislumbrar y sobre todo entender el mundo subterráneo. Por ello logró dictar las reglas para administrar las minas y en especial “resolver las controversias”, es decir los enmarañados y prolongados litigios que se generaban en los Reales Mineros.
El abogado reseñó que uno de los principales problemas de los lectores de De re Metallica, era que había sido escrito en latín, pero en especial con “voces y materia tan extraña”, que para su comprensión se requería “ciencia”, es decir que se encontraba lejos del entendimiento de los operarios comunes. Para sortear estas dificultades, Gamboa resolvió imitar a Agrícola y formó un glosario de voces mineras, con lo cual dio a conocer el primer diccionario minero en Hispanoamérica. Gamboa, por su formación de abogado y su interés personal, ofreció una lectura particular de De re Metallica. Encuentra que este libro le permitió alimentar la formación de una nueva legislación minera respecto a una amplia gama de asuntos como, por ejemplo, la propiedad, los límites de las minas, la formación de compañías, la composición de las empresas y las obligaciones de los accionistas, las obligaciones de los funcionarios reales, en especial en la vigilancia y supervisión de las faenas mineras.
De hecho, Gamboa narra un recorrido en el interior de una mina, donde compara la situación de las labores subterráneas alemanas y la mecanización que hay que aprovechar para el fomento de las minas novohispanas, con el fin de evitar borrascas o inundaciones de las riquezas subterráneas. En una proporción menor, Gamboa utiliza el libro de Pérez de Vargas y lo cita en 10 ocasiones. Con cierto orgullo afirmó que era uno de “nuestros autores” y merecía un reconocimiento; considera el texto como “insigne y raro”. El abogado apoyó una antigua demanda que, a pesar de los años, la monarquía no había logrado corregir. Nos referimos a la dependencia de “buenos artífices” extranjeros para la explotación de las minas en la metrópoli, en lugar de que los naturales se hicieran cargo de ellas. En este asunto, los aportes de Pérez de Vargas le ayudaron a dar una amplia explicación a Gamboa sobre la dirección de las vetas, la construcción de diversos hornos y en las profundidades de las minas el empleo de fuelles para dirigir la dirección del “viento” (Gamboa, F. X. de, 1761).
En 1784, Francisco Xavier de Sarría, director de la Real Lotería de México, publicó un tratado del beneficio de minerales, en el que realizó un pequeño homenaje a Pérez de Vargas y a Barba, por ser los autores de las dos obras esenciales dedicadas a la metalurgia escritas en español. Expresó que el primero contribuyó con “luces” en el arte de la fundición y el segundo, inventó el método de beneficio, conocido vulgarmente como de “cazo”. Dejó asentado que la ciencia había tenido nuevos adelantos y, por consiguiente, señaló y justificó que “en cuanto al número y propiedades de las materias metallicas son muy obscuras e incompletas las noticias que nos dejaron estos dos autores, porque no se había alcanzado más hasta entonces” (Sarría, F.X. 1784).
De manera similar pensaba Andrés del Río, ilustre profesor del Real Seminario de Minería, que pasó a la historia por haber descubierto el vanadio y ser un profesor reconocido por largos años, química y mineralogía (Ramírez, S. 1891). En diciembre de 1796, en los “ejercicios públicos” pronunció que Agrícola, Barba y Vargas eran los padres de la mineralogía. En esa ocasión quería contestar a una serie de críticas y comentarios negativos en contra del Seminario. Haciendo alusión a los autores afirmó que “son los que sostienen y fomentan este establecimiento para que se propague la luz por cualquier intermedio que sea, sino los que tiran extraviar sus rayos, porque temiendo como las malas pinturas la claridad siempre quieren verse a oscuras” (Río del, A. 1797).
El malestar del profesor Del Río era justificado, por el hecho de que los mineros “prácticos” pensaban que las técnicas y sistemas productivos se perfeccionaban en el trabajo, en el día a día, y desconfiaban de las teorías científicas. Por fortuna, el licenciado Joseph Garcés y Eguía unió la práctica y los conocimientos (Flores Clair, E. 2006). En 1798, el rey le otorgó el privilegio del método de fundición por haber introducido el tequesquite como un fundente poderoso y le solicitó que escribiera una obra para explicar la nueva técnica y difundiera su invento. De esta manera, en 1802, entró en circulación la Nueva teórica y práctica del beneficio de metales (Garcés y Eguía, J. 1802). Garcés reconoció que Agrícola era un autor destacado, y que gracias a él pudo discernir entre el nitrum (tequesquite) y el salitre. El primero se utilizaba para nixtamilizar el maíz (proceso para cocer el maíz, con agua y cal), medicina popular y como fundente y el segundo era una sustancia esencial en la fabricación de pólvora. Pero a pesar de que se conocía desde hacía mucho tiempo y existía una tradición en su utilización, hasta ese momento, la ciencia ponía a la mano del público el nuevo invento gracias a la publicación de su libro.
CONCLUSIONES
La comparación de ambos autores nos permite constatar dos mundos académicos que compartían preocupaciones, aunque utilizaban herramientas teóricas distintas para construir las teorías e interpretaciones valiosas. En sus trabajos, Agrícola atacó con fuerza las teorías alquimistas, rechazó la trasmutación de los minerales; pensaba que era imposible que el azufre pudiera convertirse en oro. Tampoco estaba de acuerdo con la relación entre los metales y la astrología; las estrellas no engendraban en el subsuelo a los metales.
Para Agrícola, los metales eran de enorme utilidad para la humanidad, no solo porque se convertían en monedas, herramientas, máquinas, enseres para el hogar y las más exquisitas joyas. Escribió que era imposible que el género humano pudiera vivir sin la industria minera y mucho menos sin la Divina Providencia (Agrícola, G. 1950, pág. 83), como buen católico que era. Por cierto, la leyenda relató que una fuerte discusión con un luterano fue la causa de su muerte.
Otra de las diferencias marcadas era la formación académica que tuvieron y las obras que escribieron cada uno de ellos. Agrícola tuvo una educación escolar, asistió a diversas Universidades donde adquirió una preparación de alto nivel. Su profesión de médico le permitió cultivar otras disciplinas y, como lo demuestran sus trabajos publicados, fue construyendo una obra erudita en la que invirtió más de 20 años. Y cada uno de los textos le permitió acumular conocimientos y experiencias en el largo proceso de la producción de los metales.
En cambio, lo que se conoce de Pérez de Vargas es que tuvo una formación autodidacta. Su pensamiento era ecléctico, lo mismo pasa de la ficción a la contemplación del cielo y a la alquimia de los metales. Es posible revalorar el conjunto de su obra y no solo verlo como el plagiario de Agrícola; sino que era un escritor permeado por su tiempo. Con ello queremos decir que seguía las ideas y métodos de análisis en boga; en este sentido no fue un innovador como Agrícola. Pero a Pérez de Vargas le interesaban diversas materias y dejó otros escritos inéditos, como por ejemplo el manuscrito que se encontró en la biblioteca de Don Francisco de Gonzaga, que lleva por título Milicias de las Indias (Biblioteca Nacional de Madrid, Libros Manuscritos, Mss. 18182, f. 342).
Uno de los aspectos más criticado de la obra de Pérez de Vargas es la escasa atención sobre las máquinas mineras, a diferencia de las esplendidas imágenes de Agrícola. En el propio prólogo, Pérez de Vargas asentó que se ocuparía del tema cuando él pudiera comprobar con sus propias observaciones la utilidad de dichas máquinas. Pero también podríamos pensar que la minería española en esa época estaba menos mecanizada frente a la alemana. Este tema nos lleva a plantear otra expectativa, que está relacionada con los secretos de estado o la censura.
Por ejemplo, el libro de Juanelo Turriano que lleva por título Los veinte y un libros de los ingenios y máquinas, considerado como una obra excelente de la hidráulica renacentista e ilustrado con imágenes maravillosas, jamás vio la luz por incluir secretos reales (Biblioteca Nacional de Madrid, Libros Manuscritos, Mss. 3372-2276). Otros lectores lanzaron críticas a Pérez de Vargas por olvidar a las minas americanas, las cuales tuvieron un fuerte impacto en mundo por la riqueza enorme que produjeron. En este caso, Pérez de Vargas escribió que su tratado pretendía apoyar a los mineros de Indias, con el fin de que pudieran aprovechar los minerales, pues los métodos practicados eran deficientes y perdían gran cantidad de metales ricos.
En Europa esta idea se mantuvo por mucho tiempo y “el método de patio” o la metalurgia en frío, inventada por Bartolomé de Medina en Pachuca, fue duramente criticada y menospreciada, a pesar de que demostró su enorme valía y mantuvo una vigencia a lo largo de cuatro siglos. Para ello, los científicos europeos no ofrecieron respuesta, sino solo juicios de rechazo. La lectura de ambos libros en territorios americanos es más que definitiva, influyeron de manera determinante en los célebres autores y es posible que en muchos operarios del metal.
Los ilustres americanos tuvieron la habilidad suficiente para aprovechar las enseñanzas que les eran útiles; no solo existió un sentimiento de acercamiento por compartir la cultura hispanoamericana, más bien, un reconocimiento por el esfuerzo intelectual de Agrícola y Pérez de Vargas. En algunos casos, como en Gamboa, agradece el que le hayan abierto una puerta al mundo subterráneo, pero no solo en cuanto a las técnicas para producir metales, sino que ambos autores tenían un interés mayor: vinculaban la profundidad con la superficie, la riqueza desmedida y efímera con el cultivo de un bien natural que podía ofrecer un medio de vida a largo plazo. Y quizá un mayor beneficio para una población, aunque no hubiera leído los libros.
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