Oscar Pazos Rodríguez
oscar_pazos@hotmail.com
El ciclo minero galaico-romano del oro. Umbrales geológico-mineros. Límites sociopolíticos.
RESUMEN
Haciendo referencia a ejemplos arqueológicos e históricos concretos, se presenta la difícil cuestión de explicar cómo es que, en la práctica, la minera galaico-romana del oro excedió en mucho los actuales umbrales del conocimiento geológico, y la respuesta que se propone es que estos límites mineros no son técnicos, sino históricos, sociales y políticos, que deben ser integrados en la interpretación de las minas.
PALABRAS CLAVE: ciclo minero, oro, minería galaico-romana, umbral geominero, límite sociopolítico.
SUMMARY
Referring to specific archaeological and historical examples, this paper poses the difficult question of how, in practice, Galician-Roman gold mining far exceeded the current thresholds of geological knowledge, and the answer proposed is that the mining limits are not technical, but historical, social and political, which must be integrated into the interpretation of the mines.
KEY WORDS: mining cycle, gold, Galician-Roman mining, geological and mining threshold, socio-political limit.
INTRODUCCIÓN
Los restos de la minería galaico-romana del oro sorprenden por su cantidad y extensión, que evidencian una exploración y explotación tan extensiva como intensiva del territorio. Aunque no hay publicado un inventario que permita dar una cifra concreta de minas, y aunque en muchas ocasiones sea un tanto arbitrario decir donde empieza o acaba una explotación, las referencias se cuentan por cientos. Pero lo que mejor define la importancia de esta minería es que el conocimiento práctico minero que evidencian excede con mucho nuestro conocimiento geológico actual, acumulado en los dos últimos siglos.
Ya en la primera cartografía geológica de Galicia, el alemán Wilhelm Schulz [Schulz, 1835] incluyó un inventario de lavaderos antiguos de oro, todos en materiales de aluvión, aunque no identificó las fuentes primarias, que supuso habían sido erosionadas. Y no fue hasta casi el fin del siglo XIX que la compañía británica The Sagasta Gold Mines Ltd explotó un yacimiento primario de oro que localizó siguiendo los indicios de la minería galaico-romana. Ya en el siglo XX muchas otras empresas mineras intentaron recuperar las explotaciones galaico-romanas, fracasando la mayoría por diversos motivos [Vernon, 2021]. Seguir los indicios antiguos fue práctica obligada de cualquier exploración minera durante el siglo pasado, y aún en 1989 los indicios mineros galaico-romanos desviaron la investigación minera en la Serra da Groba del estaño-wolframio hacia el oro [ITGE, 1993]. De hecho, toda la campaña de investigación del IGME concentró los esfuerzos de forma coincidente con los trabajos antiguos. Y lo cierto es que aún hoy los trabajos galaico-romanos siguen siendo una gran fuente de información geológica puesto que desconocemos la mineralización de buena parte de las explotaciones mineras antiguas, lo que nos coloca en una situación de ignorancia que provoca grandes errores o incertidumbres en la interpretación arqueológica de las minas. Por ejemplo, en Gondomar las labores de «As Fundas de Sarmiento» o en A Guarda las de «A Cova do Funchal», cavan en granitos reconocidamente estériles, de modo que aunque están catalogadas por Patrimonio como minas de oro romanas (GA36021048, GA36023044), de hecho desconocemos que metal explotaron esas minas.
Los galaico-romanos no solo identificaron muchos más yacimientos de oro -y otros metales-, de los que hoy tenemos noticia, también tuvieron mucho más éxito explotando esos yacimientos, pero de un modo global, y también de en muchas minas en particular, resulta complicado entender la justificación de tantos esfuerzos. Debemos concluir que el conocimiento práctico minero de los antiguos superó en mucho el conocimiento teórico geológico actual y que es necesario revisar los criterios con que interpretamos aquella minería.
LA TECNOLOGÍA Y LOS LÍMITES DE LA MINERÍA GALAICO-ROMANA
No cabe duda de que las tecnologías de exploración geológica y explotación minera hoy son muchísimo más potentes y sofisticadas que hace dos mil años. Y, sin embargo, también es necesario admitir que los galaico-romanos lograron lo que a nosotros, hoy, no podemos. Todos entendemos sin más que la rentabilidad es un límite de nuestra tecnología, y que este viene definido por muchos factores, políticos, sociales y económicos. Y sin embargo, pretendemos interpretar las minas de oro «romanas del noroeste» prestando únicamente atención a la tecnología disponible, o a criterios de rentabilidad actualistas, sin atender a los condicionantes económicos, políticos y sociales de aquella minería. Pero la realidad es que la minería «romana del noroeste» se inscribe en un marco histórico, social, político y económico preciso, al que debemos atender para interpretarlo. Es un ejercicio difícil, pero imprescindible. Esta es mi intención al identificar esta minería como «galaico-romana», entendiendo por tal al gran ciclo minero del oro que abrió el reinado de Augusto con la plena incorporación de los conventos de Braga, Lugo y Astorga al Imperio, conventos que acabarían por configurar la provincia Transduriense de Gallaecia, quizá de forma fugaz en el mismo reinado de Augusto, de forma episódica en el siglo III, y ya de forma definitiva en el siglo IV [Fernández Calo, 2018].
Se ha especulado bastante sobre el conocimiento previo que los romanos tenían de las riquezas mineras antes de las guerras cántabras, y de cómo este conocimiento influyó en la campaña de Augusto (por ejemplo, [Vicente, 2008]). Por otro lado, hay un general consenso en iniciar el ciclo minero del oro galaico-romano en el reinado de Augusto, justo tras la conquista. Plinio, como fuente histórica de excepción, dijo hacia el año 70 que las minas de oro de Lusitania, Gallaecia y Asturica llevaban ya varias generaciones en explotación, algo sin igual en el Imperio (Historia Natural, 33-78). En cualquier caso, el punto de partida es que la minería del oro fue una imposición romana, de la cual eran los primeros y principales beneficiados. Todo el oro se llevaba a Roma y en su mayor parte fue acuñado. A partir de aquí hay dos evidencias bastante seguras y significativas para interpretar el desarrollo de este ciclo minero.
La primera es el enorme éxito de la empresa, de la que es prueba el testimonio de Plinio y, sobre todo, los cientos de explotaciones y restos mineros grandes y pequeños esparcidos por toda la provincia, desde la orilla del mar hasta las cumbres más altas, a cielo abierto o en subterráneo, en ríos, depósitos secundarios y yacimientos primarios. Estos restos incluyen no solo las minas, sino todas las infraestructuras complementarias, canales, desvío de ríos, caminos y calzadas o poblaciones. La inversión, ingenio y esfuerzo desplegados en la empresa fueron gigantescos.
La segunda es la implicación -diría casi que entusiasta- de la población autóctona en la empresa. Aquí también el registro arqueológico y el testimonio de Plinio se complementan. No hubo esclavos en las minas, ni tampoco significativas llegadas de mineros y poblaciones de otras provincias del Imperio más allá del propio ejército romano, aunque sí constan desplazamientos y movimientos de comunidades, principalmente dentro del propio ámbito de la Gallaecia y en sentido de oeste a este, de las diócesis de Lugo y Braga a la de Astorga [Olivares, 2015]. Esta fue la población indígena que trabajó en las minas. En ocasiones también se da por supuesto que la exploración aprovechaba el profundo conocimiento del terreno de estas comunidades locales, sin explicar el sentido de esa colaboración. Muy significativo es el texto de Plinio que refiere los mortales riesgos que los mineros corrían por su codicia (Historia Natural, 33-73). La cuestión, claro, es entender esa implicación, ese entusiasmo, si los romanos se llevaban el oro. Y para entender esta «codicia» indígena, quizá lo mejor es atender a un texto del historiador Cornelio Tácito dedicado a su suegro Agrícola (Agricola, 21) durante la conquista de Britania a finales del siglo primero.
“Como aquellos hombres dispersos y toscos, y por ello propensos a las luchas, estuvieran acostumbrados a pasar el descanso y el ocio entre placeres, los animaba en privado, ayudaba a sus comunidades a construir templos, mercados y casas, elogiando a los dirigentes, criticando a los indolentes; de este modo el estímulo sustituía la coacción.
Además, iniciaba a los hijos de los jefes en las artes liberales; prefería el talento natural de los britanos a las técnicas aprendidas de los galos, con lo que quienes poco antes rechazaban la lengua romana se apasionaban por su elocuencia. Después empezó a gustarles nuestra vestimenta y el uso de la toga se extendió. Poco a poco se desviaron a los encantos de los vicios, los paseos, los baños y las exquisiteces de los banquetes. Ellos, ingenuos, llamaban civilización a lo que era causa de su esclavitud.”
Es una hipótesis razonable que, interesados desde luego por las riquezas de los montes galaicos y astures, los romanos utilizaran la minería como un instrumento para colonizar a sus habitantes, o usando en palabras de Tácito, civilizándolos en su esclavitud. El sentido de la minería, al menos en un primer momento, sería encajar a las comunidades locales en el Imperio. El inesperado éxito económico y socio-político de esta empresa colonizadora se convirtió en un incentivo para nuevas empresas mineras. Los amplísimos límites con que fueron aplicadas las tecnologías mineras disponibles hablan tanto de la voluntad romana como de la «codicia» de los mineros nativos, de su participación e interés en la empresa minera. Las minas fueron abiertas y cerradas en relación con los procesos sociales y políticos del momento, influidas por ellos y sin duda, también, influyeron en ellos. Así pues, para interpretar correctamente los límites de la minería galaico-romana debemos hacerlo en relación con sus condiciones históricas.
EL CICLO MINERO GALAICO-ROMANO
La principal región productora de oro del Imperio no podía ser ajena al interés político de Roma y al diseño de la administración imperial, y de hecho, hay importantes indicios de esta influencia. La presencia permanente de una legión en Asturica es la señal más evidente. Fuera de la frontera del Imperio y de la guardia pretoriana en la ciudad de Roma, solo la gran ciudad de Alejandría en Egipto contó con una legión permanente. Basta esta evidencia para tasar la importancia de esta región minera en el Imperio. No tan evidente, pero de consecuencias más duraderas fue la configuración administrativa que acabó por crear la provincia de Gallaecia, la única provincia del imperio que siguió funcionando como entidad política de forma ininterrumpida hasta nuestros días. Este es hoy el principal y más duradero legado de aquel ciclo minero, el más extraordinario de la Antigüedad. Las minas de la Gallaecia no solo dieron oro al Imperio, configuraron una entidad administrativa dentro del propio Imperio capaz de sobrevivirle. Un siglo después de las guerras cántabras la minería estructuraba por completo la administración y las comunicaciones provinciales. La vía nova entre Braga y Astorga (vía XVIII en el Itinerario de Antonino) atravesaba comarcas montañosas de relativamente baja densidad de población, pero con importantes minas. Esta calzada señala la importancia estratégica de la minería galaico-romana del oro en el tiempo de su construcción, el reinado de Vespasiano, momento en que Plinio escribe sobre la minería del oro.
La Dinastía Flavia dejó una importante impronta arqueológica e histórica en la Gallaecia. Tradicionalmente se ha señalado a esta dinastía para señalar el cambio generalizado en el modo de poblamiento, con el abandono o transformación de castros y el desarrollo de los asentamientos tipo villa [Alcalde, 2012]. El reinado de la Dinastía Flavia también parece coincidir con el momento en que se alcanzó la máxima producción de oro [Pazos, 2019]. La decadencia de la actividad minera y no la finalización de las obras [Pérez-Losada, 2020], pudiera explicar el abandono del campamento militar de Aquis Querquenis que controlaba la vía en el paso montañoso del Xurés finalizando el reinado de Trajano (año 117). Por el momento, no tenemos apenas dataciones de periodos de funcionamiento de las minas ni un registro ambiental que permita reconstruir de forma indirecta el ciclo de producción, pero la comparación de hallazgos numismáticos regionales y del resto de la península y del Imperio señalan una acumulación de hallazgos en torno al año 70 (Figura 1), y el destacado impacto en la Gallaecia de la crisis dinástica, decidida con recurso al oro y las armas, un tipo de crisis que anticipó las comunes en el siglo III (Figura 2). El vencedor el año 69, Flavio Vespasiano, dio a los provinciales galaicos junto al resto de hispanos la ciudadanía latina, un privilegio que Plinio vinculó a la crisis sucesoria (Historia Natural 3-30). Vespasiano concedió a todos los provinciales hispanos derechos sociales y políticos en pago a su lealtad, un trato que ejemplifica el tipo de acuerdos que los gobernantes romanos establecían con sus gobernados.

Figura 1.- Los registros de monedas de oro en museos de Gallaecia señalan el especial impacto histórico de la primera crisis dinástica del Imperio romano que dio paso a los flavios.

Figura 2.- El registro de acuñaciones de monedas de oro en el Imperio Romano señala el ‘año de los cuatro emperadores’ como la primera de las crisis sucesorias comunes del siglo III reflejado en la política monetaria. Este registro constituye una evidencia la importancia del oro en el sistema político imperial tras la transformación de Augusto del sistema monetario republicano, basado en la plata.
En el periodo histórico que suele darse para la actividad minera galaico-romana, que va del fin de las guerras cántabras al inicio del siglo III, las condiciones sociales y políticas variaron enormemente y el proyecto, apertura, desarrollo y abandono de estas minas debe interpretarse en relación a las condiciones sociales e históricas de cada momento, no solo en referencia a unas determinadas tecnologías de explotación, por lo demás ni siquiera bien comprendidas del todo.
LAS CONDICIONES SOCIOPOLÍTICAS MANIFESTADAS EN LAS MINAS
Los condicionantes sociales y políticos no solo limitaron históricamente el ciclo minero del oro galaico-romano, también podemos encontrar sus huellas físicas dentro de las minas.
En la mina en secundario de Fillaboa, en Salvaterra de Miño, o de modo mucho más espectacular en la gran mina en secundario de Monte Medo en Maceda, zonas de trabajo perfectamente delimitadas reparten un área de explotación de unas 400 ha, cambiando la técnica de laboreo sin justificación geológico-minera aparente (Figura 3). En ocasiones los límites entre zonas de trabajo fueron respetados al punto de formar largas murallas de terreno sin minar, como una especie de tierra de nadie. Es decir, las distintas zonas de trabajo no parecen resultado de una sucesión de labores en el tiempo, de una mina en progreso, o al menos no únicamente, sino que parecen fruto de un reparto previo de áreas, minadas luego a destiempo o de modo sincrónico.
Las minas no solo deben ser entendidas como espacios de producción ajenos a su contexto sociopolítico. El espacio y la actividad minera debían ser organizadas contando con los derechos y obligaciones de las diferentes comunidades, la disponibilidad de gente, sus capacidades técnicas, la necesidad de mantener el orden dentro y fuera de las minas y de controlar la producción, etc. El Bronce de Bembrive es una evidencia extraordinaria de este tipo de dependencias y obligaciones, situado además históricamente en el inicio mismo del ciclo minero y en una de sus principales áreas productivas, la cuenca del Bierzo. Y dentro de las responsabilidades y obligaciones debemos incluir la exploración y planificación. La voluntad o posibilidad de explorar unas terrazas o de abrir en ellas una explotación, de dar a esa explotación un determinado tamaño o de ampliarla, dar continuidad a unos trabajos o de agotar las posibilidades de una tecnología son valoraciones que no se encuentran en los yacimientos minerales, aunque en ocasiones sí parecen encontrarse reflejadas en las labores mineras.

Figura 3.- Detalle del mosaico de sectores y técnicas de laboreo (A, B, C) en Monte Medo (Maceda) en la fotografía aérea del vuelo americano (1956/57). Las líneas gruesas señalan los sectores de trabajo y las flechas de trazo más fino indican el sentido de los vertidos.
En la misma mina del Monte Medo, dos complejas zanjas de varios kilómetros de metros de longitud cortan sedimentos y labores mineras hasta unos quince a veinte metros de profundidad, unos diez metros por debajo de la profundidad general de laboreo. El propósito de esta zanja parece ser exploratorio, pero la interpretación completa de tal obra requeriría su datación para determinar el contexto histórico y saber si corresponde a una última fase exploratoria antes de abandonar definitivamente la mina, o se trata de un esfuerzo general para recuperar la producción minera en la fase decreciente del ciclo de producción en el siglo II, o incluso un intento excepcional por reactivarla ya en el reinado de Caracalla [Santos Yanguas, 2019]. En uno u otro caso estaremos ante una práctica minera más o menos rutinaria o un esfuerzo excepcional.
En la localidad miñota de Arbo, una zanja en media luna de unos trescientos metros y unos quince de profundidad máxima cava una pequeña colina granítica con una pequeña terraza del Miño en su cima (As Grobias, GA36001015). El trabajo sobresale por su tamaño, desmesurado para las dimensiones de la terraza, un cuerpo apenas cartografiable de unas decenas de metros de longitud y tres o cuatro metros de potencia. La zanja parece una labor de exploración, y a la vez parece preparar por anticipado lo que serían los vertederos de estériles de la mina en la cima. En cualquier caso, es una zanja sobredimensionada para el tamaño de la terraza a minar, sobre todo por su profundidad, y parece indicar un plan de obra planeado y ejecutado hasta el final con independencia de su utilidad minera. Quizá estemos ante un trabajo minero hecho en pago de una obligación, y por tanto su utilidad inmediata no estaría en el beneficio minero, sino en la obra en sí misma. Otra zanja aún mayor en la orilla portuguesa del Miño parece guiada por la misma lógica.
Las grandes zanjas curvas como las de Arbo o Messegães [Pazos, 2019] también constituyen otro interesante ejemplo de interrelación de cuestiones técnico-mineras con las sociales. Tenemos aquí un caso de claro de una técnica -o patrón- indígena de excavación aplicada a la minería del oro, lo que quizá podría indicar una cierta autonomía en la planificación o ejecución de los trabajos y nos pone en la pista de las capacidades mineras de los galaicos, algo que se ha discutido en referencia, por ejemplo, al léxico técnico indígena (agogae, corrugio, etc.,) con que Plinio describe los trabajos mineros. Veinte kilómetros al oeste, en las márgenes del río Tea, minas y castros se amontonan unos yacimientos superficiales aparentemente sobreexplotados y un espacio social sobrepoblado, poniendo en cuestión la relación entre minas y castros y significación de los llamados «castros mineros». En ocasiones las labores mineras hasta parecen reproducir geomorfologías tipo castro de forma accidental (Os Altares, GA36042127). De modo muy singular en la cuenca de este río, los castros y las minas parecen imbricar sus propias lógicas por el control del territorio.
Y termino con la cuestión del reparto espacial de la división de trabajo y su relación con el control de la producción de las minas. En las grandes minas en secundario la división de zonas de laboreo está estructurada por la red hidráulica, lo que al tiempo parece un buen método para controlar la producción, tiempos de trabajo y el progreso de las distintas zonas. Sin embargo, en la mayoría de los casos desconocemos donde tenían lugar las operaciones de concentración y refino, procesos cruciales para el control efectivo de la producción y que, en definitiva, condicionan los sistemas y mecánicas de trabajo en las minas. La polémica sobre la interpretación del escalonado hidráulico de Tres Minas como una bajante {Sánchez-Palencia, 2015] o un lavadero [Wahl, 1999] es un ejemplo sobre este particular en una gran mina en primario excepcionalmente estudiada.
CONCLUSIONES
Las tecnologías mineras disponibles o la geología de los yacimientos imponen unos umbrales al esfuerzo minero, pero no señalan los límites a la minería, que vienen dados por las condiciones políticas, sociales o económicas. El gran ciclo minero galaico-romano del oro se inició en de una lógica de conquista y asimilación, una empresa imperial y colonizadora que fue la que estableció los límites de esa minería. Una vez iniciado, este ciclo creó sus propias dinámicas sociales, económicas y políticas, que fueron modificando esos límites, redefiniendo el objeto de la minería y la organización y diseño de las explotaciones. Cualquier interpretación del ciclo minero o de las propias explotaciones que no tenga en cuenta el contexto histórico será siempre de alcance muy limitado.
REFERENCIAS
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